8 de noviembre de 1890: muere en París César Franck, el organista de Sainte-Clotilde

El compositor de origen belga murió a las cinco de la mañana, cuando por fin el público empezaba a reconocer una obra madurada con retraso.
El sábado 8 de noviembre de 1890, a las cinco de la mañana, murió en París César Franck, compositor y organista francés de origen belga, nacido en Lieja el 10 de diciembre de 1822. Estaba a punto de cumplir 68 años. En mayo había sufrido un accidente de tráfico: el coche de alquiler en que viajaba fue embestido por un ómnibus y el músico se desvaneció, aunque se recuperó pronto. Ese verano, en Nemours, escribió los Tres corales para órgano. Pese a las advertencias de su familia y de su médico, retomó las clases el 4 de octubre y dio su última lección el 18. Un resfriado lo obligó a guardar cama, se le declaró una pleuresía que se complicó con una pericarditis, y el 7 de noviembre, según el relato, le rondaba la idea de componer una fuga.
Su camino había sido largo y poco lineal. Su padre, Nicolas Joseph, empleado de banco, quiso hacer de él un virtuoso comparable a Paganini o Liszt. Lo sometió a largas horas de piano y lo hizo tocar en 1834, con apenas doce años, ante el rey Leopoldo I de Bélgica. A comienzos de 1835 llevó a toda la familia a París. Como el Conservatorio no admitía extranjeros, tuvo que tramitar la nacionalidad francesa, y César ingresó el 4 de octubre de 1837, a los catorce años. Allí obtuvo un galardón cada año, pero el padre, convertido en su empresario, lo obligaba a componer para sus actuaciones y llegó a sacarlo de las aulas.

La ruptura llegó en 1846. César daba clases en un pensionado y le interesaba una alumna, Félicité, hija de actores de la Comédie Française. Discutió con su padre, dejó la casa familiar y el 22 de febrero de 1848 se casó con ella contra la voluntad paterna. Para llegar a la iglesia, los novios tuvieron que sortear las barricadas levantadas por la revolución. Siguieron los llamados «años oscuros»: unos veinte años de vida modesta, con cinco o seis conciertos anuales en Orleans como pianista acompañante y cuatro hijos nacidos entre 1848 y 1853, de los cuales dos murieron de pequeños. La fuente en inglés añade que el oratorio Ruth, estrenado en público a comienzos de 1846, solo cosechó indiferencia, y que su ópera Le valet de ferme quedó sin estrenar.
El órgano cambió esa suerte. En 1853, su amigo el abbé Dancel lo nombró organista de la iglesia de San Juan y San Francisco, en el Marais, dotada de un instrumento moderno de Aristide Cavaillé-Coll. Franck habría dicho de él que era como una orquesta. En 1858 pasó a Santa Clotilde, que también tenía un Cavaillé-Coll, y ante ese órgano se sentó hasta el final de sus días. Allí tocó sus Seis piezas para órgano, obra que, según el material en español, significó el despertar de la música organística en Francia. En 1872 lo nombraron profesor de órgano del Conservatorio, lo que le dio por fin un salario digno.

A partir de entonces llegó la década final, con obras que hoy forman parte del repertorio habitual. Rodeado de alumnos como Vincent d'Indy, Henri Duparc o Ernest Chausson, a quienes algunos llamaban con desdén la «banda de Franck», estrenó casi todo en la Société Nationale de Musique: El cazador maldito (1882), Preludio, coral y fuga (1884), las Variaciones sinfónicas (1885) y la Sonata para violín y piano (1886). Esta última, dedicada a Eugène Ysaÿe, se estrenó en Bruselas el 16 de diciembre de 1886 y fue una de las piezas favoritas de Marcel Proust, quien la citó de forma tácita en En busca del tiempo perdido.
No todo fue aplauso. La Sinfonía en re menor, estrenada el 17 de febrero de 1889, recibió una crítica áspera, y Gounod la llamó «la incompetencia elevada a dogma». Saint-Saëns, por su parte, dijo del Preludio, coral y fuga que el coral no era un coral ni la fuga una fuga. Alfred Cortot, en cambio, lo incluyó entre las diez piezas fundamentales de la literatura pianística. El reconocimiento llegó con el Cuarteto en re mayor, estrenado el 19 de abril de 1890 con un éxito clamoroso. Franck comentó, con cierta amargura: «¡Vaya! Parece que el público empieza a comprenderme».
Su legado fue un lenguaje propio, basado en la modulación, el cromatismo y la forma cíclica, que tuvo gran repercusión en la música francesa de comienzos del siglo XX. La fuente en inglés agrega entre sus alumnos a Guillaume Lekeu, Charles Tournemire, Gabriel Pierné y Louis Vierne. Los Tres corales para órgano, el último concluido el 25 de septiembre de 1890, quedaron como su testamento musical. Una placa en el número 95 del boulevard Saint-Michel recuerda que vivió en esa casa desde 1865 hasta su muerte.
Para escuchar
- Sonata en la mayor para violín y piano (1886). Dedicada a Eugène Ysaÿe, que la estrenó en Bruselas, y una de las obras de cámara francesas más admiradas del siglo XIX.
- Sinfonía en re menor (1888). Su obra más conocida, en tres movimientos, con un papel solista para el corno inglés en el Allegretto.
- Preludio, coral y fuga (1884). Pieza para piano que Alfred Cortot situó entre las diez fundamentales del repertorio pianístico.
- Tres corales para órgano (1890). Escritos durante el último verano de Franck, ya enfermo, y considerados su testamento musical.
Imagen principal: Painting: Jeanne Rongier (1852-1934) [ 1 ] ; Photo: Braun & Co, dominio público, vía Wikimedia Commons
Fuentes: Wikipedia en español, Wikipedia en inglés y Wikidata.