El Universal | Por Ana María Hernández
El artista bolivarense puso a Venezuela en el mapa del mundo musical, gracias a la publicación de sus obras por parte de una casa holandesa. Su carisma logró hacer que todo guitarrista venezolano, aunque no haya pasado por sus manos, se sienta su discípulo
Quién no ha oído hablar de Antonio Lauro. Decir Lauro es hablar de uno de los músicos más versátiles y universales que ha dado Venezuela.
Antonio Lauro nació en Ciudad Bolívar el 3 de agosto de 1917. Sus padres, Antonio y Armida, fueron inmigrantes italianos que, al igual que muchos extranjeros, hallaron en Venezuela un refugio seguro en el cual sembrar su presente y cultivar su futuro; aunque ambos se conocieron y se casaron en Caracas.
El pequeño Antonio comenzó a estudiar música desde los nueve años de edad en la entonces llamada José Ángel Lamas.
En esa escuela, recibió la enseñanza de maestros como Vicente Emilio Sojo, Juan Bautista Plaza y Salvador Narciso Llamozas. En la guitarra, su maestro fue Raúl Borges, fundador de la cátedra de Guitarra Clásica en Venezuela en 1930.
Pero la vida de Lauro, como la de muchos artistas de la época no fue fácil. No había becas, ni sistemas que apoyaran la educación musical de los aspirantes. De modo que, ya sabiendo Lauro que su vocación era la música -a pesar de la oposición de su familia- puso todo su empeño para salir con su vida adelante, dedicándose por entero al arte de los sonidos.
Así, no solo se interesó en forjarse una carrera como intérprete de la guitarra clásica, sino que también formó parte de conjuntos musicales populares: fue guitarrista acompañante de cantantes en la entonces emisora Broadcasting Caracas, hoy RCR, y a partir de allí formó el grupo Cantores del Trópico, en 1935, junto con el compositor Eduardo Serrano, el también guitarrista Manuel Enrique Pérez Díaz y el cantante Marco Tulio Maristany.
Ese trío se disolvió a principio de los años cuarenta, dejando varias obras populares e incluso grabaciones en discos de 78 revoluciones.
También fundó el grupo de guitarristas Trío Raúl Borges, junto con Flaminia de Sola y Antonio Ochoa. El repertorio para trío de guitarras ha pervivido gracias al intenso trabajo que hizo Lauro, al realizar composiciones y transcripciones.
Lauro prosigue su formación musical, y en 1947 se graduó de Maestro Compositor. Ese año ingresa a la Orquesta Sinfónica de Venezuela como percusionista, y en esa institución llegó a ser presidente entre 1959 y 1960.
Pero no todo ha sido música y sonidos en la vida de Antonio Lauro: simpatizante de Acción Democrática, fue preso político de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, a finales de los años cuarenta, e incluso tuvo que vivir en el exilio, precisamente por su actividad en contra del régimen.
Al retornar al país, volvió a dedicarse a su oficio. No solamente compone para su instrumento, sino que también escribe para otros instrumentos, para orquesta, prosigue su labor como percusionista de la OSV, e incluso como cantante lírico. Así, el 25 de julio de 1954, estrena con la OSV, y junto al tenor Teo Capriles, la Cantata criolla de Antonio Estévez, dirigida por el autor, en el Teatro Municipal de Caracas.
Todo esto da cuenta de una persona de espíritu renacentista: transitaba con igual facilidad por todos los estilos y repertorios y conjugaba con gran facilidad el lenguaje de la música popular con la severidad de la academia. Siempre ejerció la docencia, y ese oficio se sumó a su carisma especial y simpatía, con lo cual todo guitarrista venezolano, aunque no haya pasado por sus manos, se siente discípulo del maestro.
Estuvo casado con María Luisa Contreras y fue padre de Natalia, Leonardo y Luis Augusto. Se cuenta que en una ocasión, Lauro llegó a su casa, y su esposa María Luisa estaba cocinando. Él llegó por detrás a sorprenderla, pero con tan mala suerte que el cuchillo que blandía su esposa para picar vegetales lo hirió en una de sus manos. Fatal accidente para un instrumentista. Sin embargo, logró recuperarse.
En otra ocasión, en compañía de unos amigos, Lauro fue invitado a tocar la guitarra, pero al parecer el maestro no tenía mucha disposición. No obstante, complació a la audiencia. Dicen los testigos que Lauro comenzó a echarse uno que otro pelón. Culpó a la guitarra. Le cambiaron la guitarra. Siguieron los peloncitos, y culpó a la gavera de refrescos que fungía como posapié para su pierna izquierda. Entonces, de la nada, surgió un estudiante de guitarra: “No se preocupe maestro, aquí le presto mi posapié”, a lo que Lauro respondió: “¡Ah caramba!, ahora sí es verdad que no tendré a quién echarle la culpa”.
Antonio Lauro falleció en Caracas el 18 de abril de 1986, a los 69 años de edad, dejando un impresionante legado no solo para la guitarra, sino para el canto, orquesta, piano y otros instrumentos. Su obra se conoce universalmente gracias a la difusión hecha por el guitarrista Alirio Díaz, acaso su intérprete más importante, quien logró publicar con la casa holandesa Broekmans & van Poppel.